Viejos tiempos

Viajaba de nuevo, después de mucho tiempo, a aquel pueblecito del norte. En realidad, para él era como un viaje al pasado, como una vuelta a los orígenes. El reencuentro lo emocionaba y lo asustaba al mismo tiempo. ¿Cómo habrían cambiado las calles? ¿Seguiría abierta villa Magdalena? ¿Y Dulcinea? ¿Le reconocería? Esa última pregunta le atormentaba y le volvía una y otra vez a la cabeza: ¿Le reconocería? ¿Le reconocería? ¿Le reconocería?

Levantó la mirada del libro para despejarse. Al otro lado de la ventana le sorprendió ver campos de un verde intenso mezclados con las obras de la nueva línea ferroviaria. En realidad el trayecto no había cambiado casi nada. Sonrió melancólico y se dio cuenta de su propio autoengaño: la verdad, se habían salvado pocos de aquellos campos donde había jugado cuando era niño. Ahora el ladrillo y las carreteras predominaban en el paisaje.

– Próxima estación…-. La voz enlatada del tren lo despertó de sus pensamientos. Sólo quedaban dos paradas. ¡Sólo dos! Estaba nervioso y no lo podía disimular. Cuarenta años es mucho tiempo y muy difícil de recuperar. No se arrepentía ni de lo hecho ni de lo conseguido en ese tiempo pero… ¿le reconocería? ¡Otra vez esa maldita pregunta!

Sin darse cuenta, ya habían anunciado su parada. Se apresuró en bajar y se encontró en un lugar extraño. La estación era completamente nueva, como también lo era el barrio de alrededor. Antiguamente sólo había una masía cerca y ahora era la zona más moderna del pueblo. En realidad, él se empeñaba en llamarlo pueblo, pero ahora entendía a los camaradas cuando decían “de pueblo ya quedaba poco…”

Decidió dar una vuelta antes de ir hacia la casa… Intentaba descubrir huellas del pasado en aquellas calles asfaltadas, en aquellos pisos altos, en aquellas tiendas de marca… pero ya no quedaba nada. Siguió caminando hasta su antiguo barrio, cogió fuerzas y entró en la casa. Todavía conservaba la misma cerradura y como siempre, los Rollings con Tell me de fondo…

– ¿Víctor? ¿Eres tú? -. Se había quedado paralizado en la puerta de la habitación. Ella seguía tan hermosa como siempre, a pesar de la enfermedad, aunque parecía muy frágil, como de cristal. Le había reconocido y se sentía profundamente feliz. Incapaz de decir una palabra, se acercó a la cama y le acarició la mano. – Te había estado esperando-, le dijo ella, cogiéndole la mano y dedicándole su última sonrisa.

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