Casa de les Punxes: modernismo y aires de castillo medieval para destacar en el Eixample barcelonés

La Casa de les Punxes es uno de esos edificios en los que siempre había soñado tener un despacho y aún me cuesta imaginarla como atracción turística más allá de las fotos a su fachada en el trayecto entre La Pedrera y la Sagrada Familia. Pero justo el pasado viernes, 5 de agosto, abrió sus puertas al público y hemos querido aprovechar la ocasión para realizar una visita guiada –con precio especial para residentes en Barcelona- y descubrir más, no solo de la casa, sino del arquitecto y de la época en la que fue construida.

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Como muchos de los edificios de la época, el nombre Casa de les Punxes lo adoptó por el uso de los ciudadanos, que empezaron a llamarlo así por sus características torres puntiagudas. Su verdadero nombre, Casa Terrades, se debe –como no- a la familia que lo hizo construir. Y así empieza la visita, recordando la historia del matrimonio Bartomeu Terrades y Àngela Brutau, importantes industriales textiles de la época, quien tuvieron cuatro hijos, Rosa, Bartomeu, Josefa y Àngela.

Al morir el padre y, a pesar de nombrar al hijo como heredero, se preocupó de dejar una pequeña fortuna a sus tres hijas y su esposa para invertirla en la construcción de un edificio en el que pudieran vivir las cuatro. Las obras, gestionadas por el hermano, fueron encargadas a su amigo el arquitecto Puig i Cadafalch.

Recuerda la guía, mientras hace un recorrido alrededor de la fachada, como la Casa de las Punxes es en realidad la unión casi perfecta de tres edificios de pisos en un solo bloque constructivo, uno para cada hermana. Esto se percibe, sobre todo, en la decoración:

  • El primero, con fachada principal entre Diagonal y Rosselló, era de Àngela. Destaca un plafón en la parte superior con un ángel y las iniciales de ATB incluídas en la decoración de la torre principal. También los tréboles, símbolo que la hermana tomó como suyo.
  • El segundo edificio es el que da de pleno a Diagonal, por tanto también tenía que estar perfectamente trabajado –recordemos lo importante que era eso de aparentar y demostrar el estatus para la época-. En esta ocasión, el plafón muestra un reloj de sol y un calendario, símbolo de la continuidad y el paso constante del tiempo. Encima de la puerta principal, encontramos la vara de San José, símbolo de Josefa, la segunda de las hermanas.
  • Por último, el edificio que da a la calle Bruc. Más escondido y, por tanto, más sobrio. Y como no podía ser de otra manera, la rosa como símbolo de la tercera hermana.
  • Al otro lado, en pleno Rosselló, se descubre una fachada que refuerza la evocación de un castillo medieval -época considerada de referencia para el catalanismo-, más sobria pero muy representativa. Por ello, la preside Sant Jordi, con una inscripción que dice “Sant Patró de Catalunya, torneu-nos la llibertat” -una de las pocas referencias a la independencia que sobrevivieron al franquismo. En medio broma, la guía hace referencia a la caligrafía gótica como motivo para que no se acabara de entender su significado y no le dieran mucha importancia-.

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En su conjunto, uno de los edificios más representativos del modernismo catalán –con muchas referencias a la naturaleza, los animales fantásticos-, con aires de castillo medieval -como referencia histórica y de fuertes raíces catalanas para la burguesía de la época- y toques de gótico –sobre todo representado en las vidrieras-.

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En este recorrido por la fachada, nos adentramos unos minutos en uno de los portales de acceso a las viviendas/despachos para observar un pequeño tesoro del modernismo y muestra de los avances que los grandes industriales de la época empezaron a implementar en sus edificios: todavía se conserva el ascensor original de 1906 y dos de las primeras lámparas eléctricas.

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Después de esto, nos adentramos en los espacios interiores abiertos al público después de las obras de rehabilitación, a cargo del arquitecto Jaume Falguera. Empezamos por la azotea, espacio que se ha adaptado para dedicarlo a Puig i Cadafalch. Descubrimos aquí de cerca sus torres puntiagudas y como el arquitecto lleva al extremo los avances estructurales: los forjados ya no se apoyan en elementos de soporte vertical, sino que cuelgan mediante tirantes metálicos que funcionan a tracción y que transmiten las cargas de todo el peso a las paredes cerámicas circulares perimetrales, haciéndolas trabajar a compresión.

También descubrimos como Puig i Cadafalch no era muy partidario de Cerdà y su visión de tratar por igual a todas las clases. Por ello, sin dejar de respetar la ley establecida, no construyó los patios de luces en las medidas que hubiera tenido que hacerlas, sino que hizo más pero mucho más pequeños.

Se cree –todavía hay muchas cosas por investigar en la Casa de les Punxes-, que en las torres principales había minicasas de dos plantas donde podría haber vivido el conserje o el servicio y las más pequeñas se utilizaban de carboneras –aunque tampoco se tiene muy claro cómo subían el carbón-. En cualquier caso, Puig i Cadafalch rompía así con la tradición de colocar estos espacios en el subterráneo.

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Aquí la guía acaba su explicación, pero no finaliza la visita. Después de subir a algunas de las torres –cada una destinada a explicar aspectos relacionados con la forma de trabajar o la inspiración de Puig i Cadafalch- y hacer muchas fotos, bajamos a la planta noble, reconvertida en un itinerario de cuento.

Así, a través de una recreación audiovisual, una narración a través de la audioguía y un juego de puertas que se abren y se cierran al paso de los visitantes, se accede a diferentes habitaciones y salones de la antigua casa que ahora sirven de fondo para conocer más de cerca la leyenda de Sant Jordi y su importancia para Catalunya, así como la vinculación –real o ficticia, eso lo dejaremos a interpretación de cada uno- con la propia Casa de les Punxes.

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Y como un verdadero cuento de hadas, con el beso de la princesa y su Sant Jordi acaba nuestra visita a la casa. Interesante y muy recomendable -más en formato visita guiada porque solo con la audioguía no tienes acceso a todos los espacios abiertos de la casa-. No obstante, como en la mayoría de edificios de este estilo en Barcelona, siempre me queda la duda si la visita vale realmente el precio que te cobran por ella.

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